“¡Dame, oh Dios, un corazón limpio, crea en mà un espÃritu nuevo!â€�
Durante las últimas cuatro semanas de esta Cuaresma hemos estado preparando nuestros corazones para lograr un corazón limpio y un espÃritu renovado. A veces, hemos estado a punto de lograrlo; en otras ocasiones, hemos fallado miserablemente. Hemos fallado porque no es fácil cambiar de rumbo de vida sin un esfuerzo apoyado por la gracia de lo alto.
Con las mejores disposiciones, oÃmos la voz del profeta JeremÃas que, desde un lejano pasado, nos anuncia que nosotros solos no podemos crear un corazón limpio, ni renovar el espÃritu dentro de nuestro ser. Es el Señor Dios quien afirmó que iba a establecer un pacto nuevo con su pueblo, en el cual hubiera una Ley nueva y una relación con Dios nueva, que se inscribirÃa en los corazones. “Meteré mi Ley en su pecho, la escribiré en su corazón, yo seré su Dios y ellos serán mi puebloâ€� (Jr 29, 33).
Será lo equivalente a una nueva creación. Lo fundamental de esa creación nueva de Dios radica en que somos conscientes de quiénes somos, de dónde venimos, y a quién le pertenecemos. Según ese pacto, anunciado por JeremÃas, tendrÃamos idea clara de quién es Dios y quiénes somos nosotros. Esa relación nueva nos mostrarÃa una manera de vivir diferente, bajo la ley de Dios, amparados por un amor divino que sobrepasa todo entendimiento.
SerÃa un tipo de “huellaâ€� que identificarÃa todo nuestro ser. Asà como un patito o un polluelo, nada más nacer sigue fielmente a su mamá porque hay algo en su interior que se lo dicta. Según el pacto nuevo todos sabrÃan que: “Yo seré su Dios y ellos serán mi puebloâ€�.
Al leer esto, podrÃamos pensar: ¿Cómo serÃa una sociedad asÃ? ¿SerÃa posible que dejáramos de idolatrar a nuestro mundo: trabajo, estado de vida, familia, propiedades? ¿SerÃa posible que sólo Dios fuera nuestro Dios, y nosotros su pueblo? Teniendo en cuenta que somos rebeldes y desobedientes, ¿qué tendrÃa que cambiar para que nosotros fuéramos el pueblo perdonado que pertenece a Dios? TendrÃamos que cambiar radicalmente. ¡Qué triste si nuestro actuar durante esta Cuaresma se opone a pedirle a Dios un corazón limpio y un espÃritu renovado!
Tal vez actuemos movidos por la curiosidad como los griegos que se acercaron a Felipe y le dijeron: “Queremos ver a Jesúsâ€�. La fama de Jesús tenÃa que haberse extendido por el mundo griego para que unos filósofos se sintieran picados por la curiosidad de ver a Jesús.
Felipe y Andrés comunicaron a Jesús que alguien querÃa verle. Jesús, como si no hubiera oÃdo, siguió hablando de su próxima muerte. Al principio, tal actitud pudiera parecer un tanto desorientadora, pero en el fondo nos revela algo profundo. En primer lugar, desear ver a Jesús supone ya un acuciante en el corazón. Por ello, después de la entrevista no se permanecerá indiferente. Segundo, ver a Jesús no debe ser sólo motivo de curiosidad, sino de estar espoleado por preguntas de grave responsabilidad. Esto es lo que implica ver a Jesús: implica escuchar su palabra hasta conocerle. En otras palabras, implica seguirle hasta dar la vida si es necesario.
Estar en relación con Dios, tener un corazón limpio, tener un espÃritu renovado, es tanto como querer ver a Jesús y quedar por él transformado.
Conocer a Jesús es decir con fe “que se haga su voluntadâ€�. Eso es lo que implica el pacto nuevo. Esa es la única relación que va a crear en nosotros un corazón limpio y un espÃritu renovado. Dicho con otras palabras, es un llamado a morir para vivir. Un vivir totalmente diferente. No de este mundo. Hoy es el último domingo de Cuaresma, que Dios nos dé la gracia de ver a Jesús de una manera nueva, y el valor para abrir nuestros labios y proclamar que de la muerte viene la vida verdadera.
posted by Iglesia Príncipe de Paz @ 7:57 p. m.

<< Home